En las entrañas de Bogotá, cuando la noche se cierne como un telón de terciopelo sobre las callejuelas empedradas de La Candelaria, Daniel camina solo. La lluvia ha cesado, pero el aire aún huele a piedra mojada y a historia. Las farolas titilan como si algo las perturbara, y las sombras parecen alargarse más de lo debido.

Daniel, fotógrafo y curioso empedernido, busca capturar la esencia de lo oculto. Su cámara cuelga del cuello, pero esta noche no busca arquitectura colonial ni murales urbanos. Hay algo más. Un susurro que lo ha guiado hasta allí. Un rumor entre libreros antiguos: “En la calle del Silencio, donde la piedra se hunde en la memoria, habita un ser que no envejece.”

Bien es cierto que son rumores o quizás meramente una leyenda urbana, pero… vaya si a cogido fuerza, tanto que atemoriza.

Al doblar una esquina, frente a una casa de balcones enrejados, lo ve.

Alto, pálido, con un abrigo que parece absorber la luz.

No camina: flota, como si la gravedad fuera una cortesía que ya no necesita.

 Daniel siente el impulso de fotografiarlo, pero sus dedos tiemblan.

Aquel ser lo observa, lo observa con ojos que no reflejan nada.

Ni miedo, ni hambre.

Solo observa.

—viniste —dice el ser, con voz de eco antiguo—. No por mí, sino por lo que llevas dentro.

Daniel retrocede, pero el vampiro lo sigue solo con su mirada.

Luego… extiende una mano.

En ella, un medallón con el símbolo del Umbral: dos serpientes entrelazadas en torno a una luna negra.

—No es casualidad que estes aquí.

La noche te llama, portas la maldición de la sangre inquieta.

La cámara cae al suelo.

Daniel siente que algo despierta en su pecho, como un recuerdo que no vivió.

La Candelaria se transforma: las paredes respiran, los balcones susurran nombres olvidados, y aquel ser se desvanece entre las grietas del tiempo.

Mientras Daniel presenta un episodio de pánico.

Desde esa noche, Daniel no volvió a ser el mismo.

Sus fotos capturan cosas que no estaban allí.

Rostros en ventanas cerradas. Sombras que no tienen dueño.

Y en cada imagen, el medallón aparece, como si lo observara desde el otro lado del lente.

Desde aquella noche en La Candelaria, Daniel no volvió a dormir del todo.

No por miedo, sino por una inquietud que lo roía desde adentro.

Aquel medallón no desapareció. Lo encontró en su bolsillo cierto día al   amanecer, frío como la piedra de las calles que había recorrido.

Desde entonces, su vida comenzó a fracturarse en capas.

Daniel empezó a ver cosas. No visiones alucinadas, sino fragmentos de realidades superpuestas. En los reflejos de los charcos, aparecían rostros que no estaban allí.

En las iglesias coloniales, escuchaba rezos en lenguas que no reconocía. Su sensibilidad se agudizó: podía sentir el peso de los lugares, como si cada muro le contara su historia. El medallón parecía amplificar su percepción, pero también lo aislaba.

Comenzó a documentar lo que veía. Fotografías que mostraban figuras borrosas, símbolos que no recordaba haber captado, y sombras que se movían en dirección contraria a la luz. Lo que antes era arte, ahora era testimonio. Daniel se convirtió en cronista de lo invisible.

La gente empezó a evitarlo. Sus amigos lo consideraban “raro”, sus colegas lo acusaban de manipular las imágenes.

Algunos decían que estaba obsesionado, otros que había perdido el juicio. Su trabajo como fotógrafo fue perdiendo encargos, y su círculo se redujo a unos pocos que aún creían en lo inexplicable.

Pero Daniel no buscaba aprobación. Sabía que había cruzado un umbral. En sus recorridos nocturnos por Bogotá, comenzó a encontrar otros como él: una mujer que hablaba con los muertos en el Cementerio Central, un niño que dibujaba símbolos en las paredes del barrio Egipto, un anciano que decía haber visto al mismo vampiro en 1947. Todos marcados. Todos testigos.

Daniel no fue convertido, pero sí elegido. El vampiro no le dio inmortalidad, sino responsabilidad.

 El medallón era una llave, un sello, una advertencia. Cada vez que lo tocaba, sentía una pulsación, como si algo lo llamara desde el subsuelo de la ciudad. Las raíces del umbral se extendían por Bogotá, y él era su cartógrafo.

En una libreta de cuero, comenzó a escribir lo que veía, lo que soñaba, lo que intuía. Lo que él llamó El Cuaderno del Umbral. Allí registró encuentros, símbolos, fechas, y nombres que parecían surgir de la piedra misma.

No sabía si algún día alguien lo leería, pero entendía que su rol no era salvar ni condenar, sino recordar.

Las noches dejaron de ser refugio. Para Daniel, cada sombra era una posibilidad, cada reflejo una amenaza. Aunque el vampiro no lo tocó, algo se quebró en su interior. El medallón, guardado en una caja de madera bajo llave, parecía latir cuando él se acercaba. Y aunque intentó ignorarlo, su cuerpo no lo permitió.

Los ataques comenzaron semanas después. Primero, una sensación de ahogo al cruzar la calle del Silencio. Luego, temblores al ver balcones enrejados. Finalmente, pánico absoluto al escuchar rezos en lenguas que nadie más oía. Su respiración se volvía errática, sus manos sudaban, y su visión se nublaba como si el mundo se desdoblara.

Los médicos hablaron de ansiedad. Le recetaron descanso, terapia, desconexión. Pero Daniel sabía que no era solo eso. Era el peso de haber visto lo que no debía. De haber sido elegido sin quererlo. De cargar con una verdad que no podía compartir sin parecer loco.

Se aisló. Cerró su estudio. Dejó de fotografiar. Pero no dejó de escribir. En El Cuaderno del Umbral, los ataques se volvieron parte del testimonio. Describía cada episodio como si fueran rituales involuntarios: “El cuerpo recuerda lo que el alma no puede procesar.” “El miedo no es al vampiro, sino a lo que me reveló de mí mismo.”

Una noche, en medio de un ataque, Daniel comprendió algo. No era víctima. Era testigo. Y los testigos cargan con la memoria de lo que otros no quieren ver. Su ansiedad era la forma en que el Umbral lo mantenía despierto. No para huir, sino para seguir observando.

Desde entonces, cada vez que el pánico lo golpea, Daniel escribe. No para calmarse, sino para dejar constancia. Porque sabe que algún día, alguien más cruzará ese umbral. Y necesitará saber que no está solo.

Que realmente estos seres de la noche, no eran solo rumores, no era un mito urbano.

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