En lo alto del páramo, donde los frailejones se alzan como centinelas vegetales entre la bruma, una vibración inaudible comenzó a alterar el silencio. Era medianoche. La luna apenas se filtraba entre las nubes densas, y los tallos peludos de los frailejones parecían inclinarse hacia una luz que no venía del cielo, sino del suelo.
Un grupo de excursionistas, guiados por una leyenda local sobre “el vigía de los cielos”, había llegado al corazón del páramo. Allí, entre las raíces de los frailejones más antiguos, encontraron una formación circular de piedras negras, cubiertas de líquenes que brillaban con un resplandor verdoso.
De pronto, el aire se volvió pesado. Los relojes se detuvieron. Un zumbido grave, como si la montaña respirara, emergió del suelo. Y entonces, sin aviso, tres esferas metálicas descendieron lentamente entre los frailejones, sin romper ni una hoja. Flotaban, giraban, emitían pulsos de luz que parecían leer el entorno.
Una de las excursionistas, hipnotizada, se acercó. Su sombra se alargó de forma imposible, como si el tiempo se estirara con ella. Las esferas lo rodearon. No hubo gritos. Solo una transferencia: imágenes, símbolos, visiones de otros mundos donde los frailejones eran portales y no plantas.
Cuando las esferas ascendieron, el grupo encontró a la excursionista de pie, con los ojos completamente negros y la piel cubierta de un polvillo plateado. Murmuraba en un idioma que nadie reconocía, pero que los frailejones parecían entender: sus hojas vibraban al ritmo de sus palabras.
Desde entonces, cada vez que la niebla se posa sobre el páramo y los frailejones se inclinan sin viento, los locales dicen que “el resplandor” ha regresado. Y que los que escuchan su canto en la bruma no vuelven iguales.
