HISTORIAS
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Historias y leyendas, de Latinoamérica, y el resto del mundo
Muy buenas noches sean todos ustedes bienvenidos y bienvenidas a este nuevo lugar; Prepárense una buena taza de café, apaguen sus luces, pongan su dispositivo en modo lectura y lean atentamente.
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Jacobo Grinberg !
Jacobo Grinberg Zylberbaum fue un neurofisiólogo, psicólogo y escritor mexicano cuya vida y obra se han convertido en un enigma fascinante dentro del estudio de la conciencia, el chamanismo y lo paranormal. Su desaparición en 1994, justo cuando realizaba investigaciones sobre telepatía y percepción, ha alimentado teorías que van desde conspiraciones gubernamentales hasta contactos extraterrestres.

El resplandor de Ubaté
Nunca olvidaré esa noche.
El aire de Ubaté siempre ha tenido ese olor a pasto húmedo, a vacas lejanas y a silencio. Vivo a las afueras del pueblo, en una pequeña finca heredada de mis abuelos, y aunque me gusta la soledad, hay momentos en los que el silencio se vuelve demasiado… denso.
Esa noche, el 14 de agosto, salí al patio con mi linterna y una taza de café. Eran casi las diez. El cielo estaba despejado, y las estrellas se veían tan brillantes que parecía que una de ellas pudiera caer en cualquier momento.
Entonces lo vi.
Primero pensé que era un avión. Una luz blanca que venía del norte, avanzando lentamente, sin ruido. Pero luego se detuvo. Completamente quieta en el aire, como suspendida por algo invisible. No parpadeaba. No se movía. Y de pronto, se dividió en tres.
Tres luces, perfectamente alineadas, formando un triángulo.
Mi primera reacción fue reírme nerviosa. Pensé que tal vez algún dron, o una broma. Pero los drones no hacen lo que vi después. Las luces comenzaron a girar, primero despacio, luego a una velocidad imposible. El aire vibraba, como si todo el campo estuviera respirando conmigo. Los perros del vecino empezaron a ladrar desesperados, y las vacas, que siempre dormían cerca del establo, se agitaron con un mugido grave, casi humano.
Y entonces todo se volvió azul.
Una luz azul brillante lo cubrió todo. El café en mi taza tembló, la linterna se apagó sola, y por un instante no escuché nada. Ni los perros, ni el viento. Solo un zumbido grave, profundo, que me atravesó el pecho.
No sé cuánto duró. Pudo haber sido un segundo o una hora.
Cuando abrí los ojos, las luces ya no estaban. Solo el cielo, igual que siempre. Pero el aire olía distinto, como a hierro caliente. Caminé hacia el potrero, temblando. En medio de la hierba había un círculo quemado, perfectamente redondo, con las puntas negras, como si algo hubiera aterrizado allí y se hubiera desvanecido.
No dormí esa noche.
Al día siguiente, fui al pueblo a contar lo que había pasado. Algunos se rieron, otros me miraron con miedo. Pero un viejo campesino, don Joaquín, me tomó del brazo y me dijo bajito:
—No es la primera vez que los vemos. Aquí en Ubaté, esas luces vienen desde los años ochenta. A veces se llevan las vacas… a veces solo miran.
Desde entonces, cada noche salgo al patio y miro el cielo, esperando volver a verlas.
No sé qué eran, ni por qué me eligieron a mí para presenciarlo, pero sé una cosa:
esa noche, algo no humano estuvo flotando sobre Ubaté… y me vio.
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